16 de junio de 2013

Intifada en Estambul (Frente Obrero de Turquía)

Que el Pueblo Mande
Por Frente Obrero de Turquía - 4 de Junio de 2013

Se está hundiendo el imperio de mentiras...


¡Gobierno, dimisión!
Las movilizaciones que han empezado para salvar de demolición el Gezi Parki (Parque de Paseo) en Taksim (Estambul), se han convertido en una rebelión popular ante el terror salvaje de la policía y la actitud prepotente y autoritaria del Gobierno turco. La rabia y la indignación acumuladas desde hace más de 10 años por las políticas represivas, reaccionarias y antiobrera del gobierno del AKP (Partido del Desarrollo y Justicia) ha estrellado el levantamiento actual con una única consigna común: "¡Gobierno, dimisión!"
Durante estos 10 años el Gobierno de AKP trató de legitimar su poder construyendo un imperio de mentiras. A pesar del crecimiento económico la pobreza de las clases trabajadoras se profundizó a través de las políticas de "flexibilización" de la vida laboral y extendiendo trabajos precarios en todo el país. Turquía ya es uno de los países más injustos en el reparto de la renta nacional. Por otro lado, los derechos y las libertades democráticos están reprimidos por la Ley de lucha antiterrorista, mientras el terror de la policía contra las demostraciones y manifestantes se convirtió en una procedimiento "ordinario".
No obstante, durante todos estos años se han dado muchas luchas contra las políticas de represión y explotación del gobierno del AKP. Aún así, esas luchas tenían un carácter regional y quedaban aisladas. Pero ahora, como una respuesta a la actitud y discursos cada vez más autoritarios del Gobierno y del primer ministro, Tayyip Erdogan, estamos ante una movilización popular que se extiende en todo el país. Este movimiento popular es el golpe más grande desde hace una década al Gobierno y le hizo sacudir toda su legitimidad ante la población.
Las movilizaciones que han empezado en Estambul se extendieron rápidamente a Ankara, Izmir, y otras ciudades; y tampoco han quedado limitadas con los centros de las ciudades, organizándose movilizaciones en los barrios obreros de las grandes ciudades.
En este momento en que los millones están en la calle y que el gobierno está ante la posibilidad de cobrar una derrota histórica, ¡es muy importante avanzar en la lucha! La tarea más urgente es la coordinación de las luchas tanto por su continuidad como por su seguridad, por una coordinadora encabezada por los sindicatos, las organizaciones sociales, los partidos políticos, etc. También tenemos que construir asambleas barriales para poder organizar y coordinar las movilizaciones en los distintos barrios y distritos de las ciudades.
¡Inmediata cese del terror policíaco contra la población! ¡Libertad a todos los detenidos! ¡Juicio y castigo de todos los agentes de seguridad y de sus superiores, responsables de herir y matar a los manifestantes!
Para poder lograr la dimisión del Gobierno, una consigna que gritan los millones, a parte de fortalecer y coordinar las luchas, hay que organizar una huelga general. En el momento en que la clase trabajadora baja el interruptor, el Gobierno no puede resistir. Los sindicatos no pueden evitar esta tarea histórica.
Es hora de huelga general, de resistencia general.

Suplemento Lucha Internacionalista Mayo, La Izquierda con la Revolución Siria








Que el Pueblo Mande

Lucha Internacionalista Mayo
























Que el Pueblo Mande

15 de junio de 2013

Comunicado Prensa Delegados Linea Sarmiento

Que el Pueblo Mande

Peña Solidaria

Que el Pueblo Mande

Peña Solidaria para ayudar a solventar deuda hospitalaria de mi compañera Marisol, esto por enfermedades colaterales que no cubre el Auge porque no están consideradas dentro de los protocolos.
Tu ayuda es valiosa, cuento contigo.Un abrazo fraterno

11 de mayo de 2011

Manuel Araya, secretario personal de Neruda: El poeta fue asesinado

Todo estaba dispuesto para que el poeta y premio Nobel de Literatura Pablo Neruda se exiliara en México. Había viajado de su casa en Isla Negra a Santiago de Chile y un avión enviado por el gobierno mexicano estaba listo para recogerlo. Sin embargo, tuvo que ser internado en la clínica Santa María. Avisó por teléfono a su mujer, Matilde Urrutia, y a su asistente Manuel Araya que un médico le había puesto una inyección en el estómago. Unas horas después murió. Araya –quien estuvo al lado del poeta en sus últimos días– contó a la revista mexicana Proceso que el poeta habría sido asesinado.
El poeta chileno Pablo Neruda “supo a las cuatro de la madrugada (del 11 de septiembre de 1973) que había un golpe de Estado. Se enteró a través de una radio argentina que captaba por onda corta. Ésta informaba que la marina se había sublevado en Valparaíso.
“Trató de comunicarse a Santiago, pero fue imposible. El teléfono estaba fuera de servicio. Recién como a las nueve de la mañana confirmamos que el golpe se había concretado. (…) Ese 11 de septiembre fue un día caótico y amargo porque no sabíamos qué iba a pasar con Chile y con nosotros.”
Manuel Araya Osorio habla de Neruda con la familiaridad de quien ha compartido momentos cruciales con un personaje histórico. Y sí. Fue asistente del poeta desde noviembre de 1972 –cuando regresó de Francia– hasta su muerte el 23 de septiembre de 1973.
El corresponsal se reunió con este personaje el pasado 24 de abril en el puerto de San Antonio. La entrevista se llevó a cabo en la casa del dirigente de los pescadores artesanales chilenos Cosme Caracciolo, a quien Araya le pidió ayuda para develar un secreto que lo ahogaba: “Lo único que quiero antes de morir es que el mundo sepa la verdad, que Pablo Neruda fue asesinado”, asegura a Proceso.
Sólo el diario El Líder, de San Antonio, dio cuenta parcial de su versión el 26 de junio de 2004. Pero no trascendió por la poca influencia de este medio.
Araya afirma que siempre ha querido que se haga justicia. Cuenta que el 1 de mayo de 1974 le propuso a Matilde Urrutia, viuda de Neruda, aclarar esa muerte. Ambos fueron testigos de sus últimas horas: durmieron, comieron y convivieron en la misma habitación a partir del golpe del 11 de septiembre de 1973 y hasta la muerte del poeta, 12 días después, en la clínica Santa María de Santiago.
Pero Araya afirma que Matilde –quien murió en enero de 1985– no quiso tomar acción alguna para fincar eventuales responsabilidades. Según él, Urrutia le dijo: “Si inicio un juicio me van a quitar todos los bienes”. Araya cuenta que en otra ocasión tuvieron una discusión que marcó un quiebre final en su relación con la viuda. “Me dijo que lo que había pasado era cosa de ella y no mía, porque yo ya había terminado de laborar con Pablo, ya no era trabajador y no teníamos nada que ver”.
“Neruda quería que cuando muriera, la casa de Isla Negra quedara para los mineros del carbón (…) Pero la fundación (Pablo Neruda) se apropió de su obra y no ha concretado ninguno de sus sueños. A ellos (los directivos de la fundación) sólo les interesa el dinero”, espeta.
Afirma que hace dos años le entregó a Jaime Pinos, entonces director de la Casa Museo de Isla Negra, de la fundación, un relato sobre los últimos días del poeta. “Pero no han hecho nada con esa información, ni siquiera la han dado a conocer. No quieren que la verdad se sepa (…) Nunca me han dado la palabra en los actos que organizan ni siquiera en las conmemoraciones de su muerte”.
Araya proviene de una familia de campesinos de la hacienda La Marquesa, cerca de San Antonio. Cuando tenía 14 años fue acogido en Santiago por la dirigente comunista Julieta Campusano, quien le dio trato de ahijado.
Este vínculo le ayudó, pues Campusano llegó a ser senadora y la mujer más influyente del Partido Comunista, y gestionó que Araya recibiera una preparación especial en seguridad e inteligencia, entre otras materias. Araya escaló rápido. Fue mensajero personal de Allende antes de fungir como principal asistente de Neruda.
Araya, quien hacía de chofer, mensajero y encargado de seguridad de Neruda, acepta que el autor de Canto general tenía cáncer de próstata, pero no cree que esa enfermedad lo matara. Asegura que dicho padecimiento “estaba controlado” y que Neruda “gozaba de buena salud, con los achaques propios de una persona de 69 años”.
“Abandonados”
Araya dice que después del golpe del 11 de septiembre, Neruda, su mujer y el resto de los habitantes de la casa de Isla Negra quedaron “solos y abandonados”. El contacto con el mundo exterior se reducía a las noticias que les llegaban a través de una pequeña radio que Neruda sintonizaba, a las esporádicas conversaciones telefónicas de un aparato que sólo recibía llamadas y a lo que les contaban en la hostería Santa Elena, cuya dueña “era de derecha y sabía todo lo que pasaba”.
Cuenta que el 12 de septiembre llegó un jeep con cuatro militares. “Todos llevaban los rostros pintados de negro. Yo salí a recibirlos. (…) El oficial me preguntó quiénes estaban en la casa. Le tuve que decir que en ese momento estaban Cristina, la cocinera; la hermana de ésta, Ruth; Patricio, que era jardinero y mozo; Laurita (Reyes, hermana de Neruda); la señora Matilde, Pablito (Neruda) y yo.
“El oficial nos señaló que en el domicilio no podía quedar nadie más que Neruda, Matilde y yo. Entonces tuvimos que arreglárnoslas entre los tres: dormíamos en la recámara matrimonial que estaba en el segundo piso. Yo dormía sentado en una silla, arropado con un chal. Lo hacía para estar más cerca de Neruda, porque no sabíamos lo que nos iba a pasar.”
El 13 de septiembre, cerca de las 10 de la mañana, los militares allanaron la casa. Araya dice que eran como 40 soldados que venían en tres camiones. Iban armados con metralletas, con las caras pintadas de negro y uniforme de camuflaje. Vestidos y pertrechados “como si fueran a la guerra”.
Recuerda: “Entraban por todos lados: por la playa, por los costados (…) Salí al patio para preguntar qué querían. Hablé con el oficial que daba las órdenes. Me dijo que abriera todas las puertas. Mientras revisaban, destruían y robaban, los militares preguntaban si había armamento, si teníamos gente escondida adentro, si ocultábamos a líderes del Partido Comunista (…) Pero no encontraron nada. Se fueron callados. No pidieron ni perdón. Se sentían dueños y señores del sistema. Tenían el poder en las manos”.
Añade que como a las tres de la tarde, poco después de que se habían ido los soldados, llegaron marinos. “Estuvieron más de dos horas. También allanaron la casa y robaron cosas. Registraban con detectores de metales. (…) La señora Matilde me contó que el mandamás de los marinos entró al dormitorio de Neruda y le dijo: ‘Perdón, señor Neruda’. Y se fue”.
Araya recuerda que durante varios días la marina puso un buque de guerra frente a la casa del poeta. “Neruda decía: ‘Nos van a matar, nos van a volar’. Y yo le decía: ‘Si nos tenemos que morir, yo voy a morir en la ventana primero que usted’. Lo hacía para darle valor, para que se sintiera acompañado. Entonces le dijo a la señora Matilde: ‘Patoja –que así la nombraba–: mire el compañero, no nos va a abandonar, se va a quedar aquí’”.
Araya cuenta que conversaciones de ese tipo tenían lugar en la pieza del matrimonio: ellos acostados y él sentado a los pies de la cama. “Nos preguntábamos que haríamos nosotros solos. Pensábamos que a Neruda lo iban a asesinar. Entonces, resolvimos que la única opción era salir del país”.
El viaje
Araya narra que Neruda le dijo que su plan era instalarse en México y una vez en ese país pedir “a los intelectuales y a los gobiernos del mundo entero ayuda para derrocar a la tiranía y reconstruir la democracia en Chile”.
Rememora: “Desde la hostería Santa Elena –a menos de 100 metros de la casa de Isla Negra– nos comunicamos con las embajadas de Francia y México. La de México se portó un siete (nota máxima en el sistema educativo chileno). El embajador (Gonzalo Martínez Corbalá) se movilizó para ayudarnos. Creo que el 17 de septiembre nos llamó para decirnos que se había conseguido una habitación en la clínica Santa María. Allí deberíamos esperar la llegada de un avión ofrecido por el presidente Luis Echeverría”.
El problema era trasladar al poeta a la clínica. “Con Neruda y Matilde pensamos que la mejor y más segura manera de llegar hasta allá era en una ambulancia. Mi misión era conseguirla. Viajé a Santiago en nuestro Fiat 125 blanco y pude arrendar una ambulancia. (…) Recuerdo que ofrecí como seis veces más de lo que me cobraban para asegurar que efectivamente fueran a buscarnos. Acordamos que fueran el 19, porque ese día la clínica tendría todo dispuesto para recibir a Pablito.
“Llega el 19 y solicitamos a Tejas Verdes (el regimiento militar de la provincia de San Antonio) permiso para trasladar a Neruda. Me dijeron: ‘No estamos dando salvoconductos, menos a Neruda’. A pesar de la negativa decidimos partir. La ambulancia entró hasta la puerta que daba a la escalera de su dormitorio. (…) Al salir se despidió de su perrita Panda, se subió a la ambulancia y se acostó en la camilla. Neruda y Matilde se fueron en la ambulancia. Yo los seguí muy de cerca en el Fiat.”
“El viaje fue triste, caótico y terrible. Nos controlaban cada cuatro o cinco kilómetros, parecía imposible llegar a nuestro destino. Imagínese que salimos a las 12:30 y llegamos a las 18:30 a la clínica (distante poco más de 100 kilómetros de Isla Negra).
“En Melipilla fue el control más maldito. Allí Neruda vivió el momento más terrible. (…) Los militares lo bajaron de la ambulancia y le registraron el cuerpo y la ropa. Decían que buscaban armas. Él pedía clemencia, decía que era un poeta, un premio Nobel, que había dado todo por su país y que merecía respeto. Para ablandar sus corazones les decía que iba muy enfermo, pero las humillaciones continuaban. En un momento lloramos los tres tomados de la mano porque creíamos que así iba a ser nuestro fin.”
Finalmente la ambulancia llegó a la clínica tres horas más tarde de lo acordado. “Como llegamos muy cerca de la hora del toque de queda, no pudimos hacer nada más que quedarnos todos en la clínica a dormir (…)
“El embajador Martínez Corbalá fue a vernos al día siguiente. Y también el francés, que nunca supe cómo se llamaba. También recibimos la visita de Radomiro Tomic y Máximo Pacheco (dirigentes democratacristianos), de un diplomático sueco, y de nadie más.”
La inyección misteriosa
Araya dice que los primeros días en la clínica transcurrieron sin sobresaltos. El 22 de septiembre, la embajada de México avisó que el avión dispuesto por su gobierno tenía programado salir de Santiago rumbo a México el 24 de septiembre. Le comunicó además que el régimen militar había autorizado su salida.
“Entonces Neruda nos pidió a mí y a Matilde que viajáramos a Isla Negra a buscar sus cosas más importantes, entre éstas sus memorias inconclusas. Creo que eran Confieso que he vivido. Al día siguiente –23 de septiembre– partimos temprano hacia la casa de Isla Negra. (…) Dejamos a Neruda muy bien en la clínica, acompañado por su hermana Laurita, que llegó ese día a acompañarlo.”
Asegura que Neruda estaba “en excelente estado, tomando todos sus medicamentos. Todos eran pastillas, no había inyecciones. Nosotros nos preocupamos de recoger todo lo que nos indicó. Estábamos en eso cuando Neruda nos llamó como a las cuatro de la tarde a la hostería Santa Elena, donde le dieron el recado a Matilde, quien devolvió la llamada. Neruda le dijo: ‘Vénganse rápido, porque estando durmiendo entró un doctor y me colocó una inyección’.
“Cuando llegamos a la clínica, Neruda estaba muy afiebrado y rojizo. Dijo que lo habían pinchado en la guata (el estómago) y que ignoraba lo que le habían inyectado. Entonces le vemos la guata y tenía un manchón rojo.”
Araya recuerda que momentos después, cuando se estaba lavando la cara en el baño, entro un médico que le dijo: “Tiene que ir a comprarle urgente a don Pablo un remedio que no está en la clínica”.
Fue a comprar el medicamento y Neruda se quedó con Matilde y Laurita. “En el trayecto me siguieron sin que yo me diera cuenta. El médico antes me había dicho que el medicamento no se encontraba en el centro de Santiago, sino en una farmacia de la calle Vivaceta o Independencia. Cuando salí por Balmaceda para entrar a Vivaceta aparecieron dos autos, uno por detrás y otro por delante. Se bajaron unos hombres y me pegaron puñetazos y patadas. No supe quiénes eran. Me cachetearon harto y luego me pegaron un balazo en una pierna.
“Después de todo lo que me pegaron terminé muy mal herido en la comisaría Carrión, que está por Vivaceta con Santa María. Luego me trasladaron al estadio Nacional donde sufrí severas torturas que me dejaron a un paso de la muerte. El cardenal Raúl Silva Henríquez logró sacarme de ese infierno. Por eso estoy vivo.”
Neruda murió a las 22:00 horas en su habitación –la número 406– de la clínica Santa María.
Consultado por Proceso, el director de archivos de la Fundación Neruda, Darío Oses, dio a conocer la posición de esta institución respecto de la muerte del poeta:
“No hay una versión oficial que maneje la fundación. Ésta se atiene a los testimonios de personas cercanas a Neruda en el momento de su muerte y de biógrafos que manejaron fuentes confiables. Hay bastantes coincidencias entre las versiones de Matilde Urrutia en su libro Mi vida junto a Pablo, la de Jorge Edwards en Adiós poeta y la de Volodia Teitelboim en su biografía Neruda. La causa de muerte fue el cáncer. Uno de los médicos que lo trataba, al parecer el doctor Vargas Salazar, le había advertido a Matilde que la agitación que le producía al poeta el enterarse de lo que estaba ocurriendo en Chile en ese momento podía agravar su estado. A esta situación también contribuyeron el allanamiento de su casa (…) y el traslado en ambulancia (…) con controles y revisiones militares en el camino.”
Pero Manuel Araya dice no tener duda alguna: “Neruda fue asesinado”. Y sostiene que la orden vino de Augusto Pinochet: “¿De qué otra parte iba a salir?”.
por Francisco Marín
El Ciudadano
Publicado originalmente en revista Proceso N° 1801 (México)

24 de noviembre de 2010

No al cierre de Radio Tentación y Radio 24 FM

No al cierre de Radio Tentación y Radio 24 FM

26 de mayo de 2010

A propósito de los héroes y la Armada

A propósito de los héroes y la Armada
La Revolución de la Escuadra de 1931

Desde la escuela que nos enseñan a celebrar el 21 de mayo. Recuerdo que en segundo año de la primaria yo mismo hice de capitán Prat y ordene a mis compañeros abordar el Huáscar. Como buen estudiante jamás cuestione el significado de estas órdenes, solo en mi época universitaria empecé a dimensionar la subjetividad histórica que se esconde tras los héroes. En mi último año de universidad llegó a mis manos un libro titulado la Revolución de la Escuadra de Patricio Manns. Se trataba de uno de los capítulos más oscuros y silenciados de la Armada chilena. El 1 de Septiembre de 1931 el Estado Mayor de las Tripulaciones (EMT) declaraba el estado de rebelión tomando posesión de la Escuadra y División de la bahía de Coquimbo.

Por primera vez suboficiales, cabos y clases tomaban la decisión de pronunciar sus aspiraciones políticas, como diría Manns el pueblo uniformado tomaba las armas, no solo exigiendo reivindicaciones para sí, sino extendiendo estas a sus hermanos de clase, trabajadores urbanos, rurales y mineros. El país pasaba por una profunda crisis política y económica. La noticia del levantamiento recorrió el mundo y la prensa escrita se limitó a repudiar el accionar de la Escuadra acuñándolos como amotinados censurando las razones políticas que se explicaban en un Manifiesto que planteaba entre otros asuntos: suspender el pago de la deuda externa, subdividir las tierras productivas, redistribuir capitales de Cajas de Crédito, las Agencias Fiscales, las Mutuales de la Armada y del Ejército para invertirlos en industrias productivas y así dar trabajo a los desocupados.

Ni las más versadas huelgas sindicales habían puesto en la mesa del Gobierno tales puntos con tan punzantes proposiciones. Frente a estos términos la respuesta de la institucionalidad política fue mancomunada. Había que reducir a la Escuadra y para ello se envió al Almirante Edgardo Von Schroeders como representante del Gobierno en una misión conciliadora que en realidad debía sumar tiempo para la preparación del ataque de la Aviación y el Ejército. Para mal del Gobierno un gran detalle corría en este clima bélico. El EMT contaba con el acorazado Almirante Latorre, un moloso buque de guerra con tecnología competente para reducir fuerzas aéreas. Por ello el día 3 de Septiembre un Consejo Restringido del Gabinete, presidido por Luís Izquierdo, solicita a la Escuadra estadounidense apoyo militar para la reducción de la Escuadra nacional frente al supuesto que saliera victoriosa ante el combate que se aproximaba.

El miedo de la institucionalidad política se entendía producto radiogramas adherentes por parte del resto de la Escuadra (Talcahuano), y algunos estamentos del Ejército (Valparaíso) y la Aviación (Quintero). Al día siguiente la Federación Obrera de Chile dirigida por Elías Lafertte declaraba huelga general y cuadros obreros de Lota y Coronel se sumaban a las fuerzas navales de Talcahuano vaticinando el combate. Ya no era un solo simple motín. El Gobierno rechazaba un acta de acuerdo exigiendo la rendición incondicional y las tripulaciones respondían: “al constatar la intransigencia antipatriótica del Gobierno, y al considerar que el único remedio para la situación es el cambio de regimen_social, hemos decidido unirnos a las aspiraciones del pueblo. La lucha a que nos ha inducido el Gobierno se transforma a partir de ahora en una Revolución Social”.

Hubo enfrentamientos en Valparaíso, Talcahuano, Santiago y Coquimbo. El más importante fue perpetrado en el sur donde finalmente cuatro batallones del Ejército bajaron al Apostadero Naval en Talcahuano. Cronistas relatan que el enfrentamiento supero los dos días sin cese de fuego. Hubo un número importante de bajas por parte de ambos frentes. Solo los rebeldes presos superaban más de mil efectivos, entre ellos marinos y trabajadores. El 6 de septiembre la Escuadra por primera vez dirigida en armas por sus tripulantes resistió enérgicamente el ataque de la Aviación alcanzando a varios aviones. La Bahía de Coquimbo había sido espectadora del primer combate aeronaval del continente. Fuentes navales declararían mas tarde los aviones jamás hubiesen podido dominar a la Escuadra.

Posterior a ese combate comienza la debacle del movimiento. El Estado Mayor de Tripulaciones comenzó a fragmentarse lo cual posibilitó la temprana rendición. La caída de Talcahuano, la presión de la Escuadra estadounidense, y las mismas palabras durante las conversaciones de Von Schroeders quizás mermaron la bajada de la Escuadra que en términos militares nunca fue reducida.

Para ocultar las huellas de aquel bochornoso suceso, la Armada vendió al legendario acorazado Almirante Latorre a Japón para convertirse en acero fundido. Así se cierra uno de los capítulos de la historia que no son celebrados en los centros educacionales chilenos y que no se recuerdan más que en las memorias de los valientes y humildes hombres que dieron su cuota de experiencia para las pautas de un proyecto revolucionario en esta franja sur del mundo.

Reflexiones Coyunturales

El cabo despensero Manuel Astica Fuentes es considerado el autor intelectual y líder político del levantamiento de la Escuadra. Antes de entrar a la Armada había sido editor en los diarios talquinos El Día y La Mañana posterior de su paso por las oficinas salitreras en Antofagasta entre 1925-1926. Junto a Clotario Blest también había organizado la defensa de los trabajadores y fundado la revista Cóndor en Santiago. Por ello no es de sorprender las palabras del Almirante Von Schroeders quien lo describe: “nunca dejó de rebatirme de frente, hombre seguramente inteligente y bastante instruido para su clase social…no comprendo como el Consejo de guerra de San Felipe no condenó a este energúmeno a la pena de muerte” . La historia la escriben los vencedores, pero dado a que destacados hombres, en un momento preciso, son capaces de tomar sus riendas y revertirlas a favor de los oprimidos, hay capítulos de ella que son imborrables. Tal es el caso del levantamiento de la Marinería que por más que la Armada y los historiadores “autorizados” quieran disolver, siempre será un precedente para la batalla de ideas del Pueblo consciente. Si para la Armada y las autoridades políticas todos los mayos nos recuerdan que el principal héroe naval en la historia de Chile es el Capitán Arturo Prat Chacón y que el símbolo de patriotismo es La Esmeralda, también el Pueblo consciente podría replicar que durante el nefasto espectáculo de caudillismo político en la década del treinta existió un Cabo Despensero llamado Manuel Astica Fuentes quién junto a miles de marinos el 1 de Septiembre de 1931 encabezó uno de los levantamientos mas nobles que haya realizado la marinería chilena y que si hay que destacar un símbolo de patriotismo, ese debe ser el Apostadero Naval de Talcahuano, lugar testigo de la sangre caída de trabajadores y uniformados unidos en combate por ideas justas y la libertad de su pueblo.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.